domingo, 26 de mayo de 2013

Estás sentada

Quieren creer que no existo 
Quieren que salga a correr con ellos
en sus espacios
transversales y
calurosos.

Quieren que los perdone
por tanta injuria y
lujuria
por tan mordaz acto
de benevolencia.

Quieren que me siente
en sus palabras
obviando cuál ha sido
la hipótesis que esta tarde
nos convoca.

Quieren que de regreso
inhale sus aires
les lama la boca
la loba no quiere
quieren.

Quieren que me despida
que los entienda
que le mienta a la poesía 
que esta mañana es la amiga compañera
que me queda.

Quieren que les de un golpe 
por la espalda
aplastada
de la ciudad hinchada.

Quieren que me destruya
que deshaga a la mujer noctámbula
que regrese intacta de la
trinchera
oscura.

Quieren que los mire a los ojos
que sea sincera.
¡Maldigo su desprecio!
¡Maldigo sus cuerpos!

Quieren que vaya tras ellos
como si nada hubiese sucedido.
Que no me agobien los colores
del invierno
ni las hojas
que 
ya
comienzan
c
a
e
r

(Otra vez)

sábado, 8 de octubre de 2011

Estación


Divagaba en estaciones, Febrero, Junio, Septiembre, Agosto ¿cuántas estaciones puede tener este Metro?
Lo único importante aquí, era que avanzara lejos, sin tapujos ni engaños.
No tenía juicio acerca de mi decisión, ni tampoco me acomodaba el asiento, ni el pedazo de fierro del tresillo delantero que se asomaba entre mis pies miserables. Había perdido la cuenta de las veces que traté de apoyarlos en aquel extraño objeto cuya función no la entendía, tampoco intentaba hacerlo.
El tercer cigarrillo de insomnio se quemaba en mi boca, y el pastoso resto de humo se colaba entre el estor de colores y la ventana rota producto de la borrasca que la noche anterior había zurrado cada rincón de la ciudad.
Me entumía esa frescura que llega después de cada vendaval, incluso si éste realmente existe o no. Era la madrugada del jueves, y yo, sentía que esa música me carcomía la sesera, opté por desenchufar el tocadiscos que habías dejado dando vueltas hace unas horas, giró un par de veces hasta dejar brotar sonido alguno.
Silencio.
No podía dormir, fumaba mirando la calle intranquila por los borrachos de siempre, observaba lo lejos la buhardilla de aquella muchacha que cada tarde pintaba desconsolada cuadros de Dalí.
Volví a recordar ese sucesivo golpeto de palabras que llegaban temerosas a mi cabeza, por supuesto lo que temía era quitarte el ropaje de libertad que tan bien te quedaba.
Me sentía inquietantemente maltratada aquella noche, abierta a una porosidad oscura, contagiosa y resuelta en un pequeño espacio que late, se encoge y se expande. Intenté, sin resultados, lanzarme vertiginosamente a una estampa  imborrable en mis memorias de aquellos días, imagenes de una consternación casi progresiva que buscaba neutralizarse con fugaces sonrisas y extrañas esperanzas.
Comunmente, luego de estos espacios-mentales, abría los ojos y venían ganas de vomitar.