Divagaba en estaciones, Febrero, Junio, Septiembre, Agosto ¿cuántas estaciones puede tener este Metro?
Lo único importante aquí, era que avanzara lejos, sin tapujos ni engaños.
No tenía juicio acerca de mi decisión, ni tampoco me acomodaba el asiento, ni el pedazo de fierro del tresillo delantero que se asomaba entre mis pies miserables. Había perdido la cuenta de las veces que traté de apoyarlos en aquel extraño objeto cuya función no la entendía, tampoco intentaba hacerlo.
El tercer cigarrillo de insomnio se quemaba en mi boca, y el pastoso resto de humo se colaba entre el estor de colores y la ventana rota producto de la borrasca que la noche anterior había zurrado cada rincón de la ciudad.
Me entumía esa frescura que llega después de cada vendaval, incluso si éste realmente existe o no. Era la madrugada del jueves, y yo, sentía que esa música me carcomía la sesera, opté por desenchufar el tocadiscos que habías dejado dando vueltas hace unas horas, giró un par de veces hasta dejar brotar sonido alguno.
Silencio.
No podía dormir, fumaba mirando la calle intranquila por los borrachos de siempre, observaba lo lejos la buhardilla de aquella muchacha que cada tarde pintaba desconsolada cuadros de Dalí.
Volví a recordar ese sucesivo golpeto de palabras que llegaban temerosas a mi cabeza, por supuesto lo que temía era quitarte el ropaje de libertad que tan bien te quedaba.
Me sentía inquietantemente maltratada aquella noche, abierta a una porosidad oscura, contagiosa y resuelta en un pequeño espacio que late, se encoge y se expande. Intenté, sin resultados, lanzarme vertiginosamente a una estampa imborrable en mis memorias de aquellos días, imagenes de una consternación casi progresiva que buscaba neutralizarse con fugaces sonrisas y extrañas esperanzas.
Comunmente, luego de estos espacios-mentales, abría los ojos y venían ganas de vomitar.
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